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| Marco
Denevi (argentino 1922-1998) |
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Cuentos:
LA
CICATRIZ LA
HORMIGA
Según Gustav Büscher (El
libro de los misterios, Barcelona, 1961) el arqueólogo alemán Hilprecht decifró
los caracteres cuneiformes inscriptos en dos piedras que desenterró de las
ruinas de Nippur, Babilonia, gracias a un sueño revelador: en ese sueño, un
sacerdote, luego de aclararle que las piedras eran las dos mitades de una tabla
votiva, le explicó el contenido de la inscripción. Al día siguiente Hilprecht
pudo decifrar la escritura sin ninguna dificultad.
Conozco un caso todavía más extraordinario de sueño
revelador. Ascanio Baielli leía todos los domingos de 1960, por el servicio de
la Radiodifusión Italiana (RAI), una serie de relatos ya imaginarios, ya históricos,
agrupados bajo el título de Storie per la sera della domenica (Cuentos para le
velada del domingo). "La anunciación del traidor", incluido en la
presente antología, es uno de esos relatos.
Pues bien: un sábado Baielli preparaba el material para la
audición del domingo siguiente. Ninguno de los dos o tres textos que había
escrito (más bien que había esbozado) lo satisfacía. A la madrugada, vencido
por la fatiga, se durmió.
Soñó que él era un muchachito de no más de doce años. Se
veía a sí mismo vestido como un humilde mancebo del Quinientos, flaco, débil
y esmirriado. Otros pilluelos lo perseguían, le arrojaban piedras, lo cubrían
de burlas y de insultos. Y él corría, corría por las callejuelas enredadas y
sombrías de una ciudad de aspecto medieval, llegaba a las afueras, se escondía
entre unos matorrales, temblaba de miedo, lloraba de rabia, jurando vengarse de
sus perseguidores.
Desde su escondite veía pasar una columna de soldados. Al
frente iba un condottiero. Él admiraba los trajes, las armas, las plumas, los
estandartes, las gualdrapas, los arneses. Pero lo que más admiraba era la larga
cicatriz que el condottiero lucía en su rostro. Larga y temblona, nacía en el
párpado derecho para morir en el centro del mentón, después de atravesar,
como un río lento, la llanura de la mejilla. El condottiero cabalgaba medio
adormilado, la vista perdida en la torva cavilación y en el ensueño. Pero la
cicatriz miraba por él, hablaba por él, lo volvía despierto y terrible. La
cicatriz avanzaba por el camino como una bandera de guerra, atronaba la tarde
como la deflagración de la pólvora, como una fanfarria de bronces marciales.
La cicatriz pasaba y todos los demás rostros parecían palidecer, como bajo la
luz del sol en un eclipse. Hasta que el cortejo se perdía entre la bruma y el
polvo.
Entonces el muchachito se dirigía a una casa solitaria, y en
un cuarto atiborrado de retortas, probetas y manojos de hierbas, un viejo con
facha de brujo le tatuaba en la cara una cicatriz igual a la del condottiero.
Precedido y seguido por la cicatriz como por un aullido, él caminaba otra vez
por la ciudad de callejuelas siniestras,las gentes lo miraban y se apartaban,
los granujas que lo habían vejado se escondían en sus casas, el muchachito
ahora marchaba erguido y desafiante.
De pronto se veía un hombre hecho y derecho, al frente de una
tropa de mercenarios. Atravesaba ciudades, campos, viñedos. Un silencio de
pasmo y de terror los flanqueaba. Oía a sus espaldas el temeroso bisbiseo de la
villanía: Ecco l'Impunito, ecco l'Impunito! Con secreto regocijo, con secreta
angustia, pensaba que todo se lo debía a su feroz cicatriz, pero que si el engaño
era descubierto lo aguardaba un destino ominoso, las befas, el desprecio, sin
duda la muerte. A ratos sentía la tentación de espiar hacia uno y otro costado
a ver si entre la turba de campesinos o semioculto detrás de un árbol algún débil
muchachito lo estaba mirando. Entonces lo habría llamado, le habría revelado,
a él solo, sin que nadie lo oyese, la verdad de la mentira de su cicatriz, le
habría dicho: Ve, hazte tatuar una herida como la mía y estarás a salvo. Pero
enseguida se arrepentía y seguía adelante sin volver la cabeza, porque no podía
defraudar a ese muchachito, si en verdad existía y estaba allí, porque él debía
ser, para el muchachito, la misma figura implacable y abismal, que no
condesciende siquiera a una mirada de soslayo, que el condottiero había sido
para él.
Después llegaba con sus mercenarios a un pequeño valle
surcado por un río. Y de golpe, entre los árboles, brotaban soldados como
hormigas, y él experimentaba una angustia tan intensa que Ascanio Baielli
despertó.
L'Impunito. ¿ Dónde había oído antes, dónde había leído
ese nombre? Consultó diccionarios, enciclopedias, libros de historia. En los
Saggi sopra il secolo XVI, de César Cantú, halló este párrafo: "En 1587
el grueso de las tropas papistas fue diezmado por los imperiales en una
emboscada que le tendieron el los alrededores de Valderrosa. Pero más que la
sorpresa, lo que desconcertó a los soldados de Adriano VII fue la increíble
conducta de su jefe, Giambattista Crispi, llamado l'Impunito, que sin oponer la
menor resistencia se dejó matar por un oscuro condottiero enemigo, un viejo que
a la sazón contaba más de setenta años. El Papa, rabioso, atribuyó el
inexplicable hecho a una brujería, en tanto que los partidarios del Emperador
de Alemania escupieron sobre el nombre de un cobarde, lo que, frente a los
antecedentes de l'Impunito, pareció una fanfarronada injuriosa".
La noche del domingo, Ascanio Baielli terminó su relato con
estas palabras: "Tal vez nosotros podamos conjeturar la verdad. El
condottiero y Giambattista Crispi se encontraron, se miraron. Cicatrices idénticas
refulgían en sus rostros. Pero el condottiero debió comprender enseguida que
aquellas dos cicatrices no podían ser reales, que una tenía que ser falsa, la
copia de la verdadera. O habrá sido l'Impunito el que sintió la vergüenza de
esa confrontación, el que entendió que su valor, como su cicatriz, podía engañar
a los demás pero no podía engañar al condottiero. Y convertido otra vez en un
muchachito débil y pusilánime, se habrá dejado matar por el único hombre que
podía matarlo. Y quien sepa hacerlo, que extraiga de esta historia la moraleja
que yo no me atrevo a añadirle".

Un día las hormigas, pueblo
progresista, inventan el vegetal artificial. Es una papilla fría y con sabor a
hojalata. Pero al menos las releva de la necesidad de salir fuera de los
hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del fuego, del
veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de las hormigas es una cifra
que tiende constantemente a crecer, al cabo de un tiempo hay tantas hormigas
bajo tierra que es preciso ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden,
se entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero bajo la
dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las salidas al exterior son
tapiadas a cal y canto. Se suceden las generaciones. Como nunca han franqueado
los límites del Gran Hormiguero, incurren en el error de lógica de
indentificarlo con el Gran Universo. Pero cierta vez una hormiga se extravía
por unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos destellos, se
aproxima y descubre una boca de salida cuya clausura se ha desmoronado. Con el
corazón palpitante, la hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana.
Ve un jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres, rocío. Ve
una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan bruscamente. Se abalanza sobre
las plantas y empieza a talar, a cortar y a comer. Se da un atracón. Después,
relamiéndose, decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus
hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita: "Arriba...luz...jardín...hojas...verde...flores..."
Las demás hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje delirante,
creen que la hormiga ha enloquecido y la matan.

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